"Si alguna vez de pie al borde del abismo, lamentándome estaré el resto de mi vida si no me animé a saltar. Porque era el tobogán y yo el niño."
lunes, 6 de enero de 2014
Libro delator
Se había encontrado con un amigo, en aquella misma mesa de café que hacía tanto tiempo no frecuentaba. Intentó disimular el gesto que en su cara descubría una cita a regañadientes y obligada, a costa de descuidar por algunas horas negocios prósperos y finanzas urgentes. Pero inesperadamente cumplió su promesa y ahí estaba sentado, sintiéndose extraño y hundido en su costoso traje yves saint laurent. Dándose cuenta de la sutil hiel de desprecio que corría en su garganta, recordó que ya no estaba acostumbrado a los cortados baratos y manteles término medio de los mediocres bares porteños. A mitad de conversación, mientras las palabras transmutaban en trivialidad y bostezos, le sorprendió el regalo de su amigo y sin mayores ceremonias se encontró con el libro ya depositado en sus manos.
Quizás las palabras sonaron demasiado persuasivas pero no se dio cuenta. Su amigo le pintó el liso y breve paisaje literario de metrópoli de edificios altos, de oculto cielo azul e intrincadas redes de alcantarillas y rincones del Abasto. Tampoco se dio cuenta de la poderosa imagen de intrigas y venganzas que le germinó casi de inmediato, creciendo a la par de la introducción que su amigo ensayaba sobre el oscuro personaje, un joven y prometedor hombre de negocios de negra conciencia, moviéndose en una ciudad salvaje y bursátil.
Apenas prestó atención a las palabras que luego siguieron por otros cauces, no había podido salir de la ficción novelesca desatada en su cabeza. Casi no escuchó el relato sobre la separación traumática, el divorcio inevitable, los chicos, la nueva pareja. Hasta dijo que sí, inesperadamente sin soliviantar ninguno de los músculos de su cara, cuando su amigo le pidió que pagara la cuenta.
Llegó el momento de despedirse y lo hizo dando media espalda. En la vereda y a mitad de camino, mientras desandaba hasta donde había estacionado el auto, no pudo evitar que el libro se le cruzara en la cara, oliendo todavía a nuevo. Le ganó el grito que salió desde el párrafo donde dejó caer los ojos, casi pudo escuchar al personaje pidiendo auxilio en la soledad del callejón, mientras dos voluminosos cuerpos lo subían a su propio auto.
Cerró el libro permitiéndose un impasse y quiso avanzar las siguientes cuadras que corrían a los pies de altos edificios. Su voluntad se deshizo luego de atravesar el costado del callejón, y una férrea indicación del destino no le permitió darse cuenta de que había sido el único capaz de escuchar el grito. Casi con indiferencia giró la mirada y detrás de los botes llenos de basura pudo ver cuerpos forcejeando, dos voluminosos estaban encerrando a uno más pequeño que luchaba en vano. Sin que nadie lo obligara, retrocedió sobre sus pasos hasta la mesa del café donde hacía un momento había estado sentado. Luego de hacer la seña pidiendo un nuevo cortado, compulsivamente salteó una decena de páginas para hundirse en el párrafo final. No le importó no enterarse de los motivos, ni de los cruentos métodos que los secuestradores habían usado, solo se resignó a esperar el desenlace decisivo y demasiado cercano. Los tres últimos renglones sin pretensiones de estilo daban cuenta de dos voluminosos cuerpos portando agrios semblante, el paso firme sobre la salida del callejón y la sola intención de dejar limpio el trabajo. Uno se quedó inesperadamente de pie en la vereda oficiando de campana, el otro ingresó en el café y sin perder tiempo dejó caer una pesada mano sobre el libro abierto. Luego, una amenazante pregunta sacudió al hombre sentado, "¿todavía estás leyendo?".
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jueves, 2 de enero de 2014
Hoy será distinto
Hoy te voy a sorprender.
Todavía no llegué a casa y ya lo tengo decidido,
hoy será distinto, ya verás,
te voy a sorprender.
No me haré anunciar por un corro de mariachis,
ni pretenderé deslumbrarte
con un ramo de flores,
tampoco un pasacalles de muchos corazones.
No, hoy será distinto.
Hoy de verdad, te voy a sorprender.
Mientras esquivo la gente
que inunda las calles, ya puedo ver tus ojos.
Están abiertos, turbados, sorprendidos. ¡Ya lo vés!
Te lo había prometido.
Hoy seré,
seré el que casi nunca he sido.
Nuestros hijos se fueron hace mucho,
ya construyeron su propio nido.
Tanto tiempo pasó, hoy me he dado cuenta.
Pero hoy será distinto, ¡ya verás!
No seré nunca más el cobarde que casi siempre he sido.
Permíteme decirlo nuevamente:
"Hoy será distinto, créeme,
hoy te voy a sorprender".
No me mires así, no llores,
te lo había prometido.
Sé que hace mucho no te tomo de la mano.
Sé que hace mucho no te miro de esta manera.
Sé que he sido un cobarde, quizá un distraído.
Pero hoy es distinto.
Hoy ya fue distinto, ¿no es verdad?
Y discúlpame,
se me hizo un nudo en la garganta
cuando te lo he dicho.
Pero no llores, ¡ya lo ves!
hoy fue distinto.
Déjame reservarme la conquista,
el orgullo escondido,
de ser tan patético,
hoy inesperadamente valiente,
porque después de tanto tiempo,
te lo he dicho:
"te amo", "te necesito".
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La joven Valente
Nunca la había abrazado, y no solo por falta de oportunidades, hace apenas dos años que ella se mudó aquí. Simplemente evitábamos el acercamiento de manera deliberada, tildándolo con un acuerdo tácito entre desmedido e innecesario, y no alcanzó ni siquiera la feliz excusa del nacimiento de su primera sobrina para romper aquel pacto sin palabras. Siempre preferimos un trato distante. Cuando no podíamos esquivar los saludos obligatorios de navidad y año nuevo, optábamos por un beso respetuoso en la mejilla, un caluroso apretón de manos. Yo estoy de acuerdo con eso, es bueno para evitar malos entendidos. Nunca me gustó alentar los sentimientos con quien a uno le termina pagando el sueldo. Pero las primeras horas de esta anoche fueron propicias para que entre mis brazos —sí, increíblemente entre mis brazos— terminara sosteniendo el tembloroso cuerpo de la joven Valente.
Todavía tengo tanto acontecimiento alborotado y fresco en la cabeza, que no recuerdo bien qué estaba haciendo en recepción. Pero la puerta principal se había abierto y apareció ella llorando. Me vio y sin ningún tipo de miramientos corrió a mis brazos. Juro que traté de concentrarme en la situación, tener una joven mujer llorando entre los brazos vaya si es una situación seria, y procuré consolarla, sosegar su respiración que temblaba al ritmo de sus lágrimas. Pero fue inútil, no pude abstraerme de esa sensación juvenil y fresca que subía por mis manos, estaba rozando su piel tan blanca. Las convulsiones agitaban su cuerpo liviano entre mis brazos, imprimiendo en mis manos el relieve de su columna arqueada. La pude sentir transparente dentro de su blusa. Me pregunté por qué la situación la había arrastrado hasta ese extremo, de verse empujada contra mis brazos.
Yo sabía, o más bien, sospechaba. Entre el denuedo de lustrar pisos y dejar los vidrios impecables, mi trabajo también se teje a base de noticias presuntas y, por supuesto, de sospechas (suelen decir que somos chismosos, y en algunos casos lo admito). Hacía dos meses que la madre y el hermano la habían visitado, casi nunca lo hacen. Le cayeron de sorpresa. Desde planta baja escuché en el primer piso el llanto de la joven, en el departamento que su padre le regaló en Belgrano. Es un hermoso dúplex, no muy grande, pero con espacio suficiente para acomodar la vida de una muchacha, sus reuniones con amigos y el diseño de sus vestidos a base de moldes en papel madera. Siempre miré con curiosidad el piano vertical que descansa contra una pared, también regalo de su padre. El piano donde Valente tocaba —y digo "tocaba", porque desde que la viene a buscar un hombre no volvió a hacerlo— algunas partituras que adivino fáciles y simples. Desde mi habitación de planta baja la podía escuchar claramente, por largas horas imaginando sus manos, delicadas y blancas, presionando sobre las teclas.
Varias veces entré a su departamento esquivando las piruetas de Foxie, la pequinés, fiel compañía de Valente. Son muchas las oportunidades en que ella me solicita ayuda, cuando son demasiados sus moldes de diseño y sus delgados brazos no le dan abasto. Siempre retribuyó mi colaboración, y en el momento en que recibo la propina algo nos sucede cuando nos rozamos las manos. Quizá peque de ser cursi, pero igual lo voy a reconocer, es una sutil electricidad que nos obliga a bajar la mirada con una breve sonrisa dibujada.
Soy hombre de apostar firme a mis sospechas, y en este caso las creo bien fundadas. Hace aproximadamente un mes, casualmente después de la sorpresiva visita de su madre y hermano, con insistencia viene un hombre a ver a Valente. Yo lo conozco, es el dueño de una financiara de la zona, sobre avenida Cabildo. Desde un primer momento me llamó poderosamente la atención que tocara timbre en el primer piso, donde ningún hombre había entrado, solo amigos de Valente, o el novio de alguna de sus tantas amigas. Debe ser un hombre a punto de cargar cinco décadas sobre los hombros, lo digo casi con humor —sé que no debo ser así, pero bueno...— porque tiene la espalda bastante encorvada por años muy mal llevados, fácilmente podría pasar por ser el joven abuelo. En ocasiones, después de algunos minutos, salen juntos. Luego el financista la guía hasta su auto, un Audi A3, y después de la gentileza de abrirle la puerta, doblan en la primera esquina. Aproximadamente a las tres horas la joven Valente regresa caminando, y en el caso de que nos crucemos por casualidad en recepción, le es imposible disimular la vergüenza dibujada en su cara.
No pretendo ser mal pensado, menos con Valente, quizás porque al hacerlo, muy en el fondo me duela. Imaginar que su cuerpo blanco, sin mácula, apenas con tintes de delicados lunares, sirva para expiar deudas de una familia que adivino en bancarrota, me resulta insoportable. Me vasta con verla en la pileta, dentro de su modesto bikini, para darme cuenta de que su cuerpo no conoce las manos de ningún hombre, al menos no demasiado (¿O seré yo, que así quiero creerlo?).
Mi trabajo me permite, creo que "controlar" sería un término inadecuado, pero sí ser un espectador lujoso de la vida de los vecinos. Siete pisos es un espacio escaso para llenar en este edificio pequeño. Sé que las personas son auténticas todo el día, al menos quiero creerlo, pero sé también que existe la dualidad, lo he visto suficiente cantidad de veces. Por un lado está el comportamiento predecible, el que todos interpretamos a la luz del día y a la vista de lo demás. Las obligaciones, el trabajo, la familia, todo como si fuera una gran lupa que nos fiscaliza. Pero también existe la otra mitad, el mr. Hyde de cada quién, a quien le solemos desatar la correa cuando llega la noche. Ya he visto muchas borracheras y prostitutas acompañando por igual a quien de día bien podría pasar por monje tibetano.
En lo que refiere a la joven Valente, nunca fue ese su caso. No soy moralista ni pretendo serlo, no me importa, pero no le he descubierto ni una sola línea tortuosa donde cualquier santurrón pudiera apuntar un dedo admonitorio. Y si bien los tiempos cambiaron, para mí es otra prueba contundente, sus andanzas con el financista no son consentidas.
Eso mismo comprobé esta anoche, cuando me tiró encima el levísimo peso de su cuerpo. Tantas otras cosas tuve tiempo de comprobar cuando hace un momento salió de mi cama, su inexperiencia, su manera casi torpe de pedirme auxilio. Cerrando los ojos recuerdo sus manos secándose las lágrimas, luego guiándome en silencio hacia la oscuridad de la galería donde le devolví los besos, las ganas postergadas que los dos tuvimos siempre, al menos de mi parte debo reconocerlo. Confieso que su desesperación arrancándome los botones me hizo dudar, por un momento creí que su deseo era completo, que su manera de dejarse apretar contra mi cuerpo era una auténtica entrega.
Pero supe que se iba a olvidar, o no sabría como despedirse y pronto la vi de espaldas. Con lentitud se iba ocultando la blancura de su cintura, cubriéndose con la blusa que yo mismo le había quitado. Inmediatamente abrió la puerta y salió de mi habitación sin pronunciar palabra.
Ahora, mientras en el primer piso vuelve a sonar el piano, no puedo dejar de pensar en la joven Valente. Pensaré en ella todavía mucho más. Peor aún y para mi desgracia, estaré esperando que ella repita la ceremonia, de abrir la puerta y regresar con la misma vergüenza, sin poder evitar arrojarse sobre mí con pretensión que bien pudiera pesarme. Ya lo siento en mi agitación, en la jugada de enroque, el trueque encerrado en mi cuerpo. Entonces la joven Valente regresará al primero piso, para hacer sonar el piano mientras yo me quedo despierto, escuchando.
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lunes, 9 de diciembre de 2013
Gladys
No sé muy bien por qué decidí salir a la calle, quizás porque me llamó el clamor de un zorzal desde algún paraíso cercano, o tal vez me acuciaron las ganas de empujar un poco de libertad con los hombros, parecía todo tan desplegado y libre detrás de la ventana. Por eso salí. Aunque jamás imaginé que terminaría dando dos vueltas a la manzana, mucho menos ahora que pienso en aquel insólito motivo.
Había llegado a mi casa después de un larguísimo día de trabajo. Si mal no recuerdo todavía tenía tinta verde empapándome los dedos, demasiado sello, demasiadas recetas a lo largo del día. Los viernes siempre son complicados en el trabajo, pero aquella jornada terminé despachando la inconmensurable cifra de diez mil recetas (soy auditor de farmacia).
Fue algo extraño dejar el mate enfriándose sobre la mesa. Pero de alguna manera, ese día, la puerta de calle ya estaba abierta para mí desde muy temprano a la mañana, ya las cadenas estaban rotas, la suspensión de la tiranía del reloj, más tarde me di cuenta. Y mi esposa no me escuchó cuando salí a la claridad escasa de la tarde, solo el Blacky, que quiso venir conmigo hasta que lo reprendí y se fue a la cucha con el rabo entre las patas, perro miedoso, si nunca le pegamos en casa.
Agradecí la brisa que apenas me despeinaba y hacía susurrar los paraísos del verano. Encontré algunos vecinos apechugando de tanto sofoco, montados sobre sillitas de mimbre y refugiados en el fresco de la vereda. Creo haber saludado a don Cosme, de pantalón largo estaba el viejo con el calor que hacía.
Aunque nunca pensé demasiado en ella, de improvisto tuve la certeza de haberla visto, como si se hubiera escapado de algún sueño. Pero la perdí porque la niña doblaba la esquina, su falda blanca floreada de rojo la seguía como siempre la siguió, tan sumisa a su talle. Creí haber visto también su melena rozando el filo de la fachada y escondiéndola de mi vista. Cuando llegué a la esquina decidí doblar, seguirla por Echeverría, para dar vuelta a la manzana. Fue irremediable e increíble verla otra vez, su falda doblando nuevamente a la derecha. A pesar de encontrarme abstraído en la persecución, tuve la lúcida intuición de un minucioso juego de sincronización, ajustado entre esquina y esquina a la milésima de segundo, como si todo estuviera calculado para que cuando yo entrara en la calle por donde la había visto desaparecer, ella ya estuviera sumergiendo sus pies en la perpendicular inmediata. Se escondía de mí. Ese segundo episodio obviamente me hundió en la intriga, y hasta me obstiné en seguirla. Porque creí haber distinguido su mochila rosa, la misma que ella usaba a los diez años, cuando venía a mi casa para hacer los deberes del colegio. Eso fue hace mucho tiempo, yo ahora tengo 38 y soy auditor de farmacia.
Apresuré los pasos para alcanzar a la niña que se me adelantaba, siempre por una cuadra. Al llegar a la calle San Ramón ocurrió lo que tanto temí. La falda blanca nuevamente se perdía detrás de la vertical, doblando por La Cautiva. Una cuadra más y terminaría dando vuelta a la manzana. Me devoró la ansiedad por volver a ver su rostro salpicado con pecas, su mentón infantil por donde siempre resbalaba una gotita de mate cocido con leche. Volví a encontrar a don Cosme, todavía sentado en la sombra. El viejo se sorprendió, me había visto aparecer por la dirección contraria. Por encima de su cabeza la falda blanca me mostraba su último vuelo antes de perderse otra vez. El viejo me hizo una pregunta que no recuerdo, si me había olvidado algo en casa, una de esas preguntas que se hacen para salir del paso, no supe que responderle. Llegué por segunda vez hasta Echeverría y volvió a repetirse la aparición fugaz, luego la melena castaña esfumándose nuevamente. Por segunda vez lo sorprendí al viejo Cosme, otra vez apareciéndome de improvisto por el lado izquierdo. Me miró con más asombro, seguramente le impresionó mi rostro desencajado. Porque ahora que lo pienso, no hay manera de mantener la compostura cuando se persigue a una niña de la cual hace casi treinta años no se tiene noticias, y mucho más si la niña se burla de uno, jugando al juego del atrápame si puedes, si por ella fuera, dando vueltas eternas a la manzana. Gladys, Gladys estaba jugando conmigo. Otra explicación no se me ocurre.
Vi por última vez sus zapatillitas azules abandonando la calle San Gerónimo, otra vez desapareciendo por Echeverría. También me despedí de la curiosidad de don Cosme que ya me observaba con cara de preocupación. Era imposible alcanzar a la niña Gladys. El agua para el mate se había entibiado pero igual me animé a cebar el último. No sé desde cuando, creo que desde siempre, tengo la costumbre de tomar el primer mate de parado, me lo llevo a la ventana donde termino la infusión mirando la calle. Se me resbaló de la mano cuando vi a Gladys (la niña Gladys, porque ahora debe tener 36) desapareciendo por el segmento de vereda hacia la derecha, pasaría frente a don Cosme seguramente. Y don Cosme sí podría mirarla, como ya la había visto en dos ocasiones, porque aunque no la conoce, Gladys es tan linda que llamaría la atención de cualquiera. Qué lastima no haber podido verla, ni siquiera con los ojos de don Cosme, tan lindo es el vuelo de los cabellos de Gladys, acompañando el caminar pausado y grácil que tuvo siempre.
Mi esposa llegó desde el dormitorio, abandonando el bordado, me preguntó qué había ocurrido. Le dije la verdad pero a medias, después de todo los mates suelen resbalarse de las manos con más frecuencia de las que uno asiste, mucho más si las manos tienen dedos verdes fatigados de tanto sellar toda la tarde. Me aconsejó mirar un poco de televisión, distraerme con la transmisión del partido que river plate jugaba esa noche. Creo que le dije sí querida, como siempre que estoy pensando en otra cosa. Ella lo sabe muy bien y me lo reprocha, no por nada estamos casados hace quince años. Pero esa tarde estaba desmedidamente absorta en el bordado y las agujas. Me dijo que bueno, que era normal, y volvió a sus cosas.
Me quedé con la nariz pegada a la ventana, esperando ver pasar a Gladys. Pero no apareció. Ya se hacía de noche y sé que a Gladys no le gusta la oscuridad. Además, la oscuridad de ahora es distinta a las de hace treinta años, mucho más peligrosa para una niña. Antes casi siempre nos dejaban quedarnos un ratito más en la vereda, intercambiando figuritas o cortejando a alguna niña que asomaba los ojos por el balcón.
Como es de suponer me fui a dormir pensando mucho en Gladys, en su manera de escaparse de mí, privándome de colmar la necesidad de descubrir una nueva peca dibujada alrededor de la nariz, su pequeño mentón bailando en cada palabra de su boca. Me vino a la mente la cantidad enorme de peluches que ella tenía apilados sobre su cama de cobija verde, en su casa del primer piso de San Gerónimo y Echeverría, a donde se accedía por una escalera caracol y donde una vez la hermana de Gladys me sorprendió una tarde de carnaval vaciándome un balde de agua en la cabeza. Gladys me defendió porque gustaba de mí, y yo lo sabía. Éramos novios no declarados. Ella también sabía, yo gusté de ella desde que la conocí.
Por eso se me desgarró el corazón cuando la madre me dio la noticia, se iban a mudar del barrio, a un barrio vecino, el alquiler más barato y esas cosas que atienden los grandes. Pero para un niño de diez años la distancia hasta un barrio vecino queda exactamente del otro lado del mundo, donde no llegan ni los colectivos ni las bicicross. Desde ese momento un recuerdo herido me suele acechar desde algún rincón, y eso que llegué a ser auditor de farmacia. Porque algo me duele todavía cuando me acuerdo del domingo siguiente, cuando me sorprendieron los camiones de la mudanza abarrotados de muebles, estacionados en la vereda de Gladys. Lo recuerdo perfecto, como si fuera ayer que caminando de la mano de mi vieja, me jalaban para adelante mientras el alma se me moría en los camiones. No pude hablar, reclamar, empacarme como una mula en el baldosón de la esquina. No pude decirle mamá esperá, esperá que quiero ver a Gladys, mi novia por última vez, porque tengo novia yo. No. No pude. Me llevaron a los empujones porque claro que hice fuerza, pero una fuerza liviana de niño. Me hicieron doblar la esquina, mientras escondía las lágrimas de despedida sin poder despedirme, decirle adiós a Gladys, decirle adiós por última vez y para siempre. Y eso que llegué a ser auditor de farmacia.
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miércoles, 27 de noviembre de 2013
Yo quizás manco, quizás ciego
Todavía tragándome lo que queda de noche,
recuerdo la impasible tregua
de un pasillo vacío.
Te adivinaba la respiración
horizontal y arrullada
escapando por la celosía
de la buhardilla de enfrente.
Si no me pude contener, y no me arrepiento.
Si se me escaparon los bríos, y no me arrepiento.
Fue por haberte dibujado tanto
en mis cuadernos, usando el crayón verde
aguado en tus ojos.
¡Y cómo arrepentirme!
Si después de trasponer
un breve y oscuro campo de flores
me abrazaba tu boca
húmeda, rosada,
simplemente tu boca.
No recuerdo hasta dónde me hundí en tu cuerpo,
si a mis ojos cerrados,
si a mis manos abiertas,
te entregué por completo.
Aunque esta noche demasiado larga,
y yo quizás manco,
yo quizás ciego,
sigo tanteando en la hueca y oscura buhardilla
vacía de ti. Y no, no me arrepiento.
sábado, 9 de noviembre de 2013
Me lo dijo un amigo
![]() |
| Estación de Liniers, Buenos Aires, Argentina |
Podría haber llegado a mi casa de no ser por esta brisa fresca que me castiga con malvada delicia, jugando en el arco de las pestañas. Haciendo que por una antigua herida que creí cicatrizada vuelva a sangrar la prontitud de otras noches. Las imaginé caídas en el olvido, lloradas lo suficiente como para haber sospechado con holgura que mis pasos ya no volverían hacia atrás, jamás. Pensé.
Y vuelvo a equivocarme, a toda conciencia. Pero mis pasos ya tomaron impulso una vez más, atravesando una plaza donde los niños deberían estar jugando en lugar de pedir monedas o un poco de comida, y las manos de un anciano soportando la intemperie se quedarán extendidas esperando una limosna que no recibirán en toda la noche, mientras sus ojos me ven pasar raudamente hacia la estación de trenes. Allí descontaré con lentitud las baldosas, porque la fila avanzará al ritmo de ojos cansados, de un hombre mirándome por el vidrio que refleja con cáscaras de ciruelas tanta desdicha en mi rostro. Me observa con extrañeza porque no encontró el rostro de quien vuelve, sino de quién va, reiniciando el ciclo porque ya estoy pidiéndolo de nuevo, volviendo al rito tormentoso de mis labios demandando el mismo boleto, siempre el mismo boleto, hasta esa misma estación donde sé que nadie me espera.
Seguramente en pleno viaje, cuando el tren haya abandonado el refugio del andén, y comience su encuentro con puntos encendidos de esporádicas ventanas, yo empezaré mi verdadero viaje, estudiando los perfiles dibujados en la ventanilla apagada contra la noche, daré inicio al examen de aquellos reflejos y sus facciones, y será un entrar en calor antes de transpirar el verdadero partido; entonces mediré la curva de la nariz de la mujer que le habla a la niña, también la onda del cabello de la estudiante que deja caer sus ojos sobre un libro demasiado grande para sus manos tan blancas y pequeñas; o cuando el tren se haya detenido en la primera estación y vaya incorporando nuevos rostros, yo sin comprender que este ejercicio es puro cálculo, me detendré a contemplar el rostro surcado de la anciana que sigue de pie y un poco adormilada, luchando para no soltar su bolsito por miedo a los punguistas, porque esa piel gastada es la visión de un tiempo que no me alojará como protagonista, los largos años resumidos en arrugas y pelo blanco que no habré acariciado ni besado, de un rostro todavía joven que no me espera en la estación a donde mi boleto en el bolsillo me está llevando.
Y la noche sobre estación Liniers que tantas veces acaricié sobre el lacio de su pelo, flotará en una espera desparramada detrás de una puerta de tren abriéndose, dejando entrar y salir tanta gente que no puede disimular la ausencia, tanta ausencia, mi ausencia, ausencia de ella. Y debajo de la cruz de la iglesia los labios me habrían dicho "te extrañé", le habría respondido "yo también" y habría valido la pena desandar el trayecto de la noche hacia sus sandalias humildes y marrones, pero ya no tengo la dicha, dicha de verla paciente en esa fracción de anden. Alguna vez estuvo ahí, esperándome con su cartera, bastándole a la felicidad un metro cuadrado de cemento, pero convertido en cielo, flotando con toda una sonrisa al final de los brazos apresurados, extendidos, enroscados en mi cuello. "Te extrañé", más bien "te extraño", y se lo digo a la cruz, que flota como yo, con los ojos solitarios en la cúspide de una iglesia.
Y vuelvo a equivocarme, a toda conciencia. Pero mis pasos ya tomaron impulso una vez más, atravesando una plaza donde los niños deberían estar jugando en lugar de pedir monedas o un poco de comida, y las manos de un anciano soportando la intemperie se quedarán extendidas esperando una limosna que no recibirán en toda la noche, mientras sus ojos me ven pasar raudamente hacia la estación de trenes. Allí descontaré con lentitud las baldosas, porque la fila avanzará al ritmo de ojos cansados, de un hombre mirándome por el vidrio que refleja con cáscaras de ciruelas tanta desdicha en mi rostro. Me observa con extrañeza porque no encontró el rostro de quien vuelve, sino de quién va, reiniciando el ciclo porque ya estoy pidiéndolo de nuevo, volviendo al rito tormentoso de mis labios demandando el mismo boleto, siempre el mismo boleto, hasta esa misma estación donde sé que nadie me espera.
Seguramente en pleno viaje, cuando el tren haya abandonado el refugio del andén, y comience su encuentro con puntos encendidos de esporádicas ventanas, yo empezaré mi verdadero viaje, estudiando los perfiles dibujados en la ventanilla apagada contra la noche, daré inicio al examen de aquellos reflejos y sus facciones, y será un entrar en calor antes de transpirar el verdadero partido; entonces mediré la curva de la nariz de la mujer que le habla a la niña, también la onda del cabello de la estudiante que deja caer sus ojos sobre un libro demasiado grande para sus manos tan blancas y pequeñas; o cuando el tren se haya detenido en la primera estación y vaya incorporando nuevos rostros, yo sin comprender que este ejercicio es puro cálculo, me detendré a contemplar el rostro surcado de la anciana que sigue de pie y un poco adormilada, luchando para no soltar su bolsito por miedo a los punguistas, porque esa piel gastada es la visión de un tiempo que no me alojará como protagonista, los largos años resumidos en arrugas y pelo blanco que no habré acariciado ni besado, de un rostro todavía joven que no me espera en la estación a donde mi boleto en el bolsillo me está llevando.
Y la noche sobre estación Liniers que tantas veces acaricié sobre el lacio de su pelo, flotará en una espera desparramada detrás de una puerta de tren abriéndose, dejando entrar y salir tanta gente que no puede disimular la ausencia, tanta ausencia, mi ausencia, ausencia de ella. Y debajo de la cruz de la iglesia los labios me habrían dicho "te extrañé", le habría respondido "yo también" y habría valido la pena desandar el trayecto de la noche hacia sus sandalias humildes y marrones, pero ya no tengo la dicha, dicha de verla paciente en esa fracción de anden. Alguna vez estuvo ahí, esperándome con su cartera, bastándole a la felicidad un metro cuadrado de cemento, pero convertido en cielo, flotando con toda una sonrisa al final de los brazos apresurados, extendidos, enroscados en mi cuello. "Te extrañé", más bien "te extraño", y se lo digo a la cruz, que flota como yo, con los ojos solitarios en la cúspide de una iglesia.
domingo, 3 de noviembre de 2013
Mordedura de serpiente
Quizás si el humo de los cigarrillos hubiera sido más espeso, ellos no se habrían podido mirar de esa manera. La franca amenaza convertida en estocada rabiando de celos, llegando hasta el otro extremo de la mesa donde se agitan las respiraciones, tan propias de quienes se disputan el territorio sobre una mujer. De vez en cuando el rencor de los contendientes cae en un pozo de letargo, al crecer la cadencia hacia el pico más alto, a veces hasta llegar a conmover, de los compases de la orquesta sonando en el escenario. Las manos del cantor abrazando el mástil plateado en una especie de lasciva y pública exhibición bajo la luz de los reflectores, y la rejilla del micrófono sucumbiendo frente a tanta desdicha y melancolía. Y Leopoldo sentado en la silla parece estar de acuerdo, el tango es desdicha y es melancolía. Muchas veces es añorar lo perdido y la presión de un cuerpo contra otro, un voceo silencioso de yo te dirijo y vos seguime. Pero, para él, más que nada, el tango es mujer —y qué mujer, a juicio propio—, también ojos negros del otro lado de las sombras que bailan en la pista. Negros como el maquillaje que cubre los párpados, repetido todos los sábados de milonga sobre un rostro de porcelana de geisha, enmarcado en el azabache recogido por el impecable rodete, que sin embargo no coarta la libertad sensual del mechón que cae curvado sobre la frente. Para él es así y no hay manera de hacerlo entrar en razón. Siempre fue testarudo y rígido como la dureza de sus labios y el acero del facón que nunca se acostumbró a llevar en la cintura. Leopoldo vio que los ojos negros se movían, saliendo de las sombras donde están hundidas las sillas contra la pared opuesta y mal revocada; lo cautivó el mismo movimiento lleno de audacia que le descubriera aquella misma noche, unas cuantas horas atrás, cuando la vio por primera vez, pidiendo permiso para descender del tranvía antes de llegar a Av. Callao. Aunque la joven había comenzado a caminar con pasos apresurados, a Leopoldo apenas le costó esfuerzo el salto desde el tranvía a la dureza de la acera, seguirla hasta la primera esquina, luego verla doblar y bajar una cantidad de cuadras que fue incapaz de enumerar, por Juncal, caminaba tan distraído y concentrado a la vez. A esa hora los peatones eran una masa compacta de cuerpos ocupados en el paseo sabatino. Era la hora de la primera función nocturna y muchos iban camino al cine abrigados en gruesos sobretodos y tapados. Por esos días se estrenaban muchas películas en Buenos Aires, y algunos buscaban llegar a tiempo, ganando un espacio más ancho en la vereda que pronto los desembocaría en una sala de Av. Corrientes. Leopoldo se sorprendió de un tramo de baldosas vacío entre él y el par de tacones negros que perseguía, y apuró el paso.Noemí del otro lado del humo del cigarrillo se dejaba admirar. Leopoldo le descubrió la boca abierta recibiendo el vaso de whisky, entrando compulso en su garganta e hinchándole el collar que la adornaba. Cayó en la cuenta de que la deseaba, acostada en una cama y desnuda, él sobre su cuerpo que esa noche valía algunos cuantos pesos de su bolsillo. Sintió la picadura de la serpiente henchirse en su piel, el veneno engrosando el caudal de sus venas, necesitando el antídoto que sólo el cuerpo de Noemí esa noche le podía dar. Lo hubiera conseguido si los ojos negros no se hubieran ido volando de la forma en que se fueron, hacia otro lado, hacia la puerta de entrada por donde apreció él, el otro, el que tenía la billetera más llena de regalos para Noemí. La muchacha no tardó en irse, con él, con el otro. Se quedó solo en la mesa, siguiéndolos con la mirada hasta que se perdieron por un pasillo al fondo después de haberse tomado unas copas. Pronto llegarían otras muchachas. Las rechazó sin siquiera mirarlas. La rabia le palpitaba con colmillo de serpiente enterrándose en su orgullo, segregando esta vez otra clase de veneno que se le salía por los ojos enrojecidos. Decidió quedarse una hora más, dejarse atormentar por los versos del tango que se descolgaban del pequeño escenario, dejarse rogar por las chinas que le suplicaban una copa, dejarse provocar por él, por el otro, ahora sentado en la misma mesa, burlándose de su billetera flaca con Noemí acomodada coqueta en su falda. Quizás hubiera logrado llegar a su casa, salir caminando por la vereda a esa hora desierta hasta tomarse un taxi, pero había reaccionado a la provocación y sin facón no tuvo chances. Sintió como la serpiente se arrastraba por el suelo donde quedó tirado, algunos quisieron socorrerlo, pero Noemí se iba otra vez, con él, con el otro, y la serpiente lo aprieta de tal modo en la garganta, que le va quitando la última respiración que le quedaba.
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